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Amigos Compasivos

El dolor de perder un hijo

Un grupo de padres cuyos hijos fallecieron fundaron un grupo de apoyo que se reúne una vez al mes. La próxima reunión es el 14 de enero, de 2:00 p.m. a 5:00 p.m., en la Parroquia Stella Maris en Condado

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Procesar la pérdida uno solo es difícil. En ocasiones, imposible. (Shutterstock)
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Nadie puede describir el dolor que siente un padre o una madre cuando pierde a un hijo. Solo aquel o aquella persona que ha pasado por esta experiencia, puede comprender lo que encierra ese ser en su corazón.

“Mi hijo mayor, José Francisco Barreto Vázquez ‘Yoito’, tenía 21 años. Estaba en el programa de Aviación en la Inter Metro y se había ido a American Flyers College, en Fort Lauderdale, a tomar un curso de vuelo. Al graduarse de allá, el 6 de mayo de 1993, regresó. El 6 de junio, al mes de haber llegado, sufrió un accidente automovilístico donde él iba de pasajero y murió”, cuenta Nivia Vázquez, cofundadora de “Los Amigos Compasivos”, un grupo de apoyo para padres y madres que han perdido un hijo.   

Recuerda Nivia que aquel fatídico día, su hijo salió de noche con sus amigos a jugar gotcha, a una finca en Dorado. Al terminar el juego, decidieron ir a Cabo Rojo a visitar a una maestra de ellos cuando estaban en superior. Por allá los cogió la mañana y de regreso al área metro, sufrieron el accidente, chocaron contra un árbol y Yoito, falleció.

“Fue un accidente. Aquel día me levanté a las 6:00 a.m. y vi que el carro de mi hijo no estaba. Me preocupé, pues siempre él llegaba o me llamaba”, asegura.

Al poco rato, tocaron a la puerta de la casa, era la policía y le preguntaron que si ella era la madre de José Francisco Barreto. El corazón de Nivia latió fuertemente.

“Me desesperé y les pregunté cómo habían conseguido el nombre de mi hijo y ellos me dijeron que de su licencia de conducir. Pensé que Yoito había muerto, pero ellos lo negaron, me dijeron que estaba en el hospital en Cabo Rojo”, dice.

Enseguida, Nivia llamó al papá de su hijo, al licenciado José Luis Barreto (qpd) y cuando éste llegó a la casa, ella lo enfrentó. “Lo miré a los ojos y le dije, Yoito tuvo un accidente, ¡dime si él está vivo! Me miró y se echó a llorar, no me pudo contestar. Ahí me di cuenta de que mi hijo había muerto. Grité desesperadamente y me desplomé”, narra Nivia, con voz entrecortada.

Luego de la funeraria, los rosarios y el apoyo que recibió de tanta gente, de amigos, compañeros de trabajo y de los amigos de su hijo -la vida de todos continuó- y fue entonces cuando Nivia se quedó sola con su dolor, sus lágrimas y su nueva realidad.

“Llamé a una persona muy querida, cuyo hijo había fallecido y me prestó un libro sobre la muerte de un hijo. El libro hacía referencia a “The Compassionate Friends”, un grupo de apoyo para padres cuyos hijos han muerto. Me comuniqué con ellos y me enviaron literatura, la que me ayudó mucho”, subraya.

En 1995, a dos años de la muerte de su hijo, Nivia asistió a una conferencia internacional de dicha organización. “Sentí que debía hacerlo porque, aunque tenía ayuda profesional, me faltaba algo. Y allá lo encontré. Encontré a 1,200 papás y mamás a quienes también se les habían muerto un hijo y, en ocasiones, dos o todos los hijos. Me di cuenta de que yo no era la única pasando por ese dolor”, enfatiza. 

En las oficinas de la organización dejó su nombre y regresó a Puerto Rico. Desde Estados Unidos empezaron a referirle papás puertorriqueños que estaban buscando apoyo ante las pérdidas de sus hijos. “Me reunía con ellos, los escuchaba y hasta los visitaba en la funeraria”, comenta.

En el año 2000, junto a cinco papás y mamás que, como ella, habían perdido a sus hijos y habían trascendido el dolor, organizaron en Puerto Rico el capítulo Los Amigos Compasivos. Desde entonces, el grupo se reúne el segundo domingo de mes. Este año van a comenzar el domingo 14 de enero, de 2:00 p.m. a 5:00 p.m., en el salón de reuniones de la Parroquia Stella Maris, en la calle Cervantes, en Condado.

 “Aparte de ayuda profesional, el mejor foro para trabajar el duelo, luego de la muerte de un amado hijo o hija, hermano o hermana o nieto, es el grupo de apoyo. Todos los que estamos ahí, hemos pasado por el mismo dolor, aunque con circunstancias distintas. Hablamos el mismo idioma”, detalla.

Explica Nivia que en las reuniones se habla sobre las etapas en el proceso del duelo, que van desde el shock, la ira, el coraje, la negociación, la depresión hasta la aceptación. La gente va y cuenta su experiencia. El grupo no se identifica con religión alguna y es una actividad gratis para todo el que vaya.

Uno de los padres que asiste a las reuniones del grupo, es Santiago Rosado Rueda. Él asegura que ahí ha aprendido a cómo manejar el dolor y ha ayudado a otros a cómo manejar el suyo. 

“Yo perdí a mi hija Carmela Limarie Rosado Rueda, ‘Mi bombonsitoki’, como yo le decía. Murió el 23 de octubre de 2012”, recuerda Rosado.

Su hija tenía 34 años de edad, pero físicamente parecía una muchacha de escuela superior. Medía cinco pies dos pulgadas y pesaba 105 libras. Era muy inteligente, tenía una maestría en justicia criminal y se había graduado summa cum laude. Como no consiguió empleo en su campo, trabajaba vendiendo seguros, donde era muy exitosa.

“El 22 de octubre, ella llamó a su madre y le dijo que la iba a recoger por la mañana, a las 9:00 a.m., para la acompañara a una presentación de un seguro en Ponce. Al otro día, al no presentarse a recoger a su madre, nos preocuparnos”, cuenta Rosado.

Nadie sabía de ella y las horas pasaban. La familia dio parte a la policía. Pasaron días sin saber de su paradero.

“Al séptimo día sonó el teléfono, era la policía diciendo que el carro de mi hija había aparecido en el Canton Mall de Bayamón”, dice.

Gracias a las cámaras de establecimientos cercanos, obtuvieron fotos de un individuo dejando el vehículo en el lugar. Esas fotos se publicaron en los medios de comunicación y empezaron las confidencias de que el de la foto era un empleado del municipio de Bayamón.

“Este individuo, Julio Rosario Morales, hacía 14 años había cometido un delito similar con una muchacha de 13 años, la cual violó y dejó por muerta en un bosque. Estuvo preso 14 años, de 28 que había sido condenado”, narra.

La policía entrevistó varias veces al sospechoso hasta que, finalmente, confesó que había matado a Carmela Limarie.

“Fue un delirio de tres semanas desde su desaparición hasta que se encontró su cadáver. Luego tuvimos ocho meses de juicio. Lo condenaron a 68 años naturales, y no cualifica para que le rebajen nada”, asegura.

Habiendo pasado por todo ese trauma, una de sus hijas, Alba Yanira, se enteró del grupo Los Amigos Compasivos. “Fuimos a la reunión de ellos y, de verdad, yo estaba recibiendo ayuda profesional, pero no hay nada como un grupo de apoyo donde hay un denominador común, el haber perdido un hijo”, manifiesta. 

“Procesar la pérdida uno solo es difícil. En ocasiones, imposible. En este grupo, entre todos nos escuchamos, conocemos nuestro dolor, nuestras frustraciones y nos ayudamos a superarnos”, agrega Rosado.

Según Nivia, el grupo de apoyo es fenómeno; especialmente, para los padres de duelo recientes que no ven esperanza alguna.

“Quiero que sepan que sí existe la esperanza, que sí vamos a volver a sonreír, que sí vamos a volver a disfrutar de la vida… porque el amor que le tenemos a nuestros hijos se ubicará en nuestros corazones junto con ellos, para siempre. Y sí, en momentos nos sentiremos tristes, especialmente en días como el de las Madres, los Padres, cumpleaños, Navidad o aniversario de su fallecimiento. Eso es normal porque hemos tenido una pérdida real. La muerte de un hijo es un caminar difícil, pero en Los Amigos Compasivos, juntos nos apoyamos”, puntualiza.

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