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Por siempre en mí, San Blas

Para mí no era una ruta cualquiera, se trataba de correr por las calles por donde -cuando era niña- vi pasar a tantos atletas correr tras la meta que ese día superé

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Viajar al sur de Puerto Rico fue parte de mi infancia. Allá en el barrio Los Llanos de Coamo nos esperaba una de mis abuelas (QEPD) y aunque no me encantaba ese trip, pues llegaba a ser tedioso estar tanto tiempo sentada en un auto, había una visita que resultaba la más divertida de todas.

Junto con mi familia, año tras año, presenciaba uno de los eventos más reconocidos de ese pueblo por décadas, el medio maratón San Blas y que el próximo 4 de febrero se celebrará su próxima edición. Se volvía el junte perfecto de hermanos, tíos, primos y amigos. Tengo imágenes intactas grabadas en mi memoria.

Había que madrugar y llegar muy temprano para “reservar” ese spot bajo un árbol en la carretera número 545, que siempre era el mismo. Guaguas con baúl abierto, mantas, sillas, hamacas, el caldero de arroz con pollo, frutas, neverita y todo lo que fuese necesario para pasar todo un caluroso día a la orilla de la carretara y esperar. Así como lo hacían cientos de personas.

A medida que pasaban las horas, incrementaba la emoción de ver a todos esos corredores, incluyendo a atletas elites de otros países, que a eso de las cinco de la tarde bajo aquel calor infernal corrían sin cesar. Los observaba detenidamente, además de estar pendiente por si querían un vaso de agua para rápidamente entregárselo. Los aprendí a admirar. Tal vez me preguntaba, ¿cómo rayos lo lograban?

Con esto de encariñarme con correr y de hacer lo inimaginable, llegué a coquetear con la idea de correr ese medio maratón. Estaba clara que en mi vida, aunque fuera una sola vez, lo iba a hacer. Quería esa medalla. Había una carga emocional que me empujaba a hacerlo.

Ya había corrido varios medios maratones, así pues, ¿qué podía pasar, que llegara gateando a la meta? Pasaba otro año y nada, no me atrevía. Ante carreras así, repito frecuentemente: “es que no he entrenado lo suficiente”, jaja mis amigos lo saben. Así que cuando anunciaron que para el 2016 adelantarían el disparo de salida a las 7:00 de la mañana, sabía que esa era señal para no dar más excusas y hacerlo.

Ese mismo año no lo hice, pero el 5 de febrero de 2017 finalmente me enfrenté a una de las carreras más retantes y conquisté la temible y fomosa cuesta del Ajoguillo, en lo que fue la edición número 55.

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En las primeras tres millas, atravesando la plaza del pueblo de Coamo.

Es cierto todo lo que dicen, el Ajoguillo parece interminable y ni hablar de su elevación. El sol castigó y el calor hizo de las suyas aquella mañana. ¡Está cañona la ruta, pero fue tremenda la experiencia!

Al igual que otros amigos conquistadores de millas, ese día elegimos llevar una camisa verde con lazo rosa y un mensaje que leía #todosconDinorah. Habíamos dedicado el medio maratón a Dinorah Pérez, una de las amigas corredoras que en ese momento atravesaba la más dura carrera, la de la lucha contra el cáncer. A Dios gracias, ¡ya está sana! Llevar la camisa con ese mensaje desató incontables comentarios de solidaridad y apoyo de parte de los espectadores, así como aplausos.

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Parte del grupo que dedicó su carrea a la corredora Dinorah Pérez.

Como se imaginarán, manejar las emociones fue otros de los grandes retos de esta carrera. No bastando con eso, para mí no era una ruta cualquiera. Se trataba de conquistar millas por el sector Los Llanos de Coamo. Pasé justo detrás de la que fue la casa de Mother -como le decíamos-, por la panadería en donde me compraban donas y pan sobao, por todas esas calles cargadas de historias, sentimientos, anécdotas, inocencia y amor.

Se trataba de correr por las calles por donde vi pasar a tantos atletas correr tras la meta que ese día superé.

Por eso dediqué también esa carrera a la memoria de Mother, además de a mis papás y a titi Luisita, por planificar y llevarnos siempre para gozarnos esa experiencia bajo aquel "palito".  

¿Repetiría esta carrera otra vez? Tal vez...

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