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Espacio mágico

Lectura a través del rostro

Según las teorías de la reencarnación, existen características que vamos acumulando

  • Por Virginia Gómez / Especial para Por Dentro
  • 16 SEP. 2018 - 02:00 AM
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Existen características que vamos acumulando y arrastrando en nuestras distintas vidas que se vuelven parte de nuestra identidad actual, no importa el género o la raza. (Shelby Miller / Unsplash)
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Expresiones como “el rostro es el espejo del alma” o “a los 20 años tenemos el rostro que Dios nos dio y a los 40 el que nos hemos ganado”, son decretos muy escuchados que aluden a las experiencias de nuestra alma inmortal que han quedado impresas en nuestro rostro. Se trata de ciertos rasgos faciales que arrastramos por los tiempos y son parte de nuestra identidad actual, no importa el género, el sexo o la raza.  

Según las teorías de la reencarnación, existen características que vamos acumulando y arrastrando en nuestras distintas vidas que se vuelven parte de nuestra identidad actual, no importa el género o la raza. Es una mirada muy particular que nada tiene que ver con el color o la forma de ojos que hemos heredado; es una marca en el cutis o en el cuello, como un lunar o una mancha inexplicable; es una hendidura en un lugar del rostro que no es un adorable hoyuelo. 

En resumen: es una señal destacada en nuestro rostro que no corresponde con la genética familiar con la que hemos nacido o con algún accidente de nuestra niñez.  

Cada vez que nace una criatura, buscamos inmediatamente los rasgos de sus progenitores y respectivas familias. Pero, a partir de su nacimiento, sus rasgos van cambiando y asentándose en lo que será el marco del rostro que exhibirán hasta el final de sus días. Poco a poco podremos fijarnos en rasgos muy particulares que nos revelan intuitivamente lo que el alma de esa criatura ha vivido en vidas anteriores. 

Puede ser una mirada muy fija a una temprana edad, una mandíbula prominente o inexistente, una nariz que no se relaciona con la de nadie en la familia o, sencillamente, un nuevo rostro que no guarda relación con nadie de su familia. Son signos perturbadores aun para los que no creen en la reencarnación, ya que el hecho les incita a pensar que espiritualmente esa criatura posee características extrañas. 

Con los años, notaremos que cada hermano, si los tienes, son distintos en caracteres y motivaciones al punto que en la misma familia se suele decir: “a este nos lo cambiaron en el hospital” o “este no es de este mundo”. 

Esto no es un invento. Hace más de 2,500 años, en India, se escribió un tratado para estudiar el rostro como lienzo de vidas pasadas, titulado “Svetasvataia Upanishad” para los que interesen consultarlo. En China existen textos de “fisiognomía”, nombre del arte de leer el rostro, que datan de antes del año 300 a. C. Y en el mundo occidental, tenemos al gran Sócrates (410-399 a. C.), quien analizó extensamente la trayectoria del alma a través del rostro en su libro “Revelación de los secretos de la naturaleza relativos a la fisiognomía”. 

Todos coinciden en que nuestras almas no empezaron aquí, sino que vienen de lejos y que han llegado a este tiempo con un propósito de evolución. Por eso también se analiza el rostro como “espejo de nuestro destino”. En resumen, nuestro rostro nos recuerda que en cada existencia tenemos un propósito que cumplir. 

Amigos lectores: mírense en el espejo y repasen cada rasgo que no compartan con su familia; investiguen su historial familiar. Tal vez se han sorprendido al ver el parecido que tienen con algún personaje histórico o con el sujeto de alguna pintura. Igual se tropezaron con alguien que se parecía “demasiado” a ustedes mismos, solo que les ocurrió en otro país. 

Para comenzar a leer el rostro, les recomiendo el principio universal. Los antiguos griegos descubrieron que toda armonía universal se basa en lo que llamaron la “proporción de oro” de 3.16. Esta medida la aplicaron exitosamente tanto a sus extraordinarias creaciones artísticas, como al análisis preciso del rostro humano, el cual dividieron en tres zonas: 

1. Zona A: de la frente a las cejas indica el grado de nuestro intelecto. A mayor distancia, mayor capacidad intelectual que hemos acumulado. Frente despejada, ideas claras. 
2. Zona B: la distancia de las cejas a la punta de la nariz. Aquí vemos la evolución del espíritu. Debe haber una distancia armoniosa. Cualquier desproporción se considera reveladora.
3. Zona C: de la punta de la nariz al mentón o barbilla. Aquí se analiza la capacidad emocional que la persona ha acumulado.  
Según en qué zona se encuentre ese rasgo particular, podremos identificar si las pruebas superadas o por superar son de naturaleza mental, espiritual o emocional. 

La autora es analista de temas de ciencia y espiritualidad. Para contactarla, accesa www.virginiagomez.com.

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