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Tercera de una serie

Agradecidos por la salud

El cuerpo que tenemos es único e irremplazable. Cuando se cierne sobre él alguna amenaza a su estabilidad, no queda de otra que dar la batalla

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Nota de la editora: 3ra de una serie de tres entregas previas al Día de Acción de Gracias.

Considero que después de la vida y la familia, lo más importante es la salud, nos permite disfrutar de las dos bendiciones anteriores y de muchas más. Cuidarla es complicado y el sistema en el que vivimos lo hace más difícil, máxime en medio de la emergencia nacional que trastocará nuestras vidas por algún tiempo más. Pero muchas veces cuidar de la salud es cuestión de hábitos, como cepillarnos los dientes varias veces todos los días, tomar suficiente agua y asear nuestro entorno aun cuando a veces la pereza nos haga procrastinar.

En ocasiones no importa cuánto nos cuidemos, llega la enfermedad. Ya sea porque la traemos en los genes a través de nuestro historial familiar, por acciones y estilos de vida del pasado, por la exposición a substancias que ignorábamos, por accidente o simplemente porque aparece sin ser invitada, la enfermedad o la falta de salud requiere acción inmediata, urgente. El cuerpo que tenemos es único e irremplazable, así que además de cuidarlo con buena alimentación, hidratación, descanso, ejercicios, exámenes periódicos y buenas vibras, cuando se cierne sobre él alguna amenaza a su estabilidad física o mental, no queda de otra que dar la batalla.

La enfermedad no es temporal ni pasajera, es una posibilidad latente permanente, inherente a nuestra condición humana. Por tanto, si tenemos vida, tendremos enfermedad. Así que sería incompleto el acto de dar gracias por la vida si no agradecemos tanto por la salud como por la enfermedad. No es nada agradable, pero la enfermedad también nos enseña, nos puede hacer más fuerte, en ocasiones -como con los virus del dengue y la varicela- hasta nos inmuniza. Manejarla bien es vital para vencerla, y cuando eso no resulte posible, al menos nos ayudará a tener mejor calidad de vida. Tal y como expuse en la primera entrega de esta serie, ser agradecidos es una buena estrategia para manejar mejor las enfermedades.

Sé de personas que han batallado con duros retos de salud y aun estando en medio de estos, se convierten en ejemplo de fortaleza y combatividad. Al hacerlo, no solo trascienden su propia circunstancia, también facilitan el paso por la prueba de aquellas personas que les aman. Imposible no pensar en Mayra Elías, la atleta puertorriqueña que luego de que sobrevivió haber sido arrollada, me permitió compartir con ustedes su historia a través de numerosas entrevistas y reportajes. Recuerdo conversar con su ya fallecido padre, Justo Elías, y escucharlo dar gracias por la fortaleza que demostraba su hija, hoy convertida en activista de los derechos de corredores y ciclistas. Imposible no pensar en José Luis Rivera, a quien nunca tuve el valor de visitar en el hospital donde permaneció durante meses con su abdomen abierto en espera de un milagro. Escuchar el testimonio de fe y fortaleza de él y su familia -materializado en el tema ‘Mi Dios es real’, de su esposa, Bethzy López- es increíblemente inspirador, y solo existe debido a la enfermedad que lo aquejó y a sus ganas de vivir en salud.

La muerte es lo único seguro que tenemos, pero mientras llega, demos gracias por la capacidad que tiene nuestro cuerpo de batallar enfermedades y el poder que tiene nuestra mente para facilitarlo. Seamos cómplices de la naturaleza, y en el caso de los creyentes, seamos aliados del Creador. Alimentemos ese poder que sale de nuestro interior con la gratitud, que como un ‘boomerang’ regresa convertida en sensaciones gratas cada vez que de corazón expresamos “¡gracias!”.

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