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Alertas ante el huracán

Consejos para manejar la ansiedad ante un evento atmosférico

Presta atención a las señales de alerta, principalmente, en niños y ancianos

  • Por Por Dentro
  • 06 SEP. 2017 - 07:00 AM
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El sufrimiento y el miedo son respuestas psicológicas naturales y transitorias ante eventos traumáticos significativos, como los que podría ocasionar el huracán Irma. (Archivo)
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Sentir angustia o ansiedad desde las horas previas al paso de un evento atmosférico es una respuesta normal de los seres humanos. Sin embargo, es importante mantenerse atento a las señales de alerta que puedan advertir que ocurra una situación emocional mayor.

De acuerdo con la trabajadora social y coordinadora de Servicios Clínicos del Hospital Panamericano Edda Blanco, el sufrimiento y el miedo son respuestas psicológicas naturales y transitorias ante eventos traumáticos significativos.

“Lo normal es que las personas se sientan estresadas, angustiadas y temerosas, no solo por las pérdidas materiales, sino además, por el posible peligro en que puedn estar su familia y sus vidas diarias. El hecho de no poder llegar a tiempo a su hogar, a su centro de estudio o de trabajo ocasiona en la persona zozobra y tristeza, afectando su estabilidad emocional”, puntualizó la especialista.

La especialista indicó que inmediatamente después de una tragedia ocurren dos reacciones: incertidumbre, pues no podemos creer lo que estamos viviendo; y ansiedad, por sentir desorganización personal.

Blanco precisó que las situaciones de desastres pueden desencadenar en las personas: problemas de pérdida del sueño, disminución del apetito sexual, problemas en la alimentación, dificultades respiratorias, problemas en la piel y problemas en el sistema digestivo.

En la parte emocional pueden ocasionar: tristeza, desesperanza, depresión, cambios del estado de ánimo, ira, irritabilidad, enfado, nerviosismo, ansiedad y el frustrarnos con facilidad.

Invitó a prestar especial atención a ancianos y niños. Los primeros, porque, ante los desastres, suelen tener una respuesta psicomotora más lenta, y los segundos, porque no saben cómo reaccionar.

En el caso de los niños, el impacto emocional se expresa principalmente por alteraciones de la conducta. Por ello, es necesario que los padres estén atentos ante las reacciones y aprendan a reconocer los signos de alarma que pudiera demostrar el niño (retraimiento, expresiones de temor, pérdida del apetito, pesadillas constantes, dificultades para concentrarse o retomar sus labores escolares). Se surgir alguna de estas señales, es probable que el niño requiera una atención especializada.

En ese sentido, el psiquiatra especialista en adolescentes Mario González Torres destacó la importancia de explicarles a los niños con la mayor claridad posible lo que está pasando. Reafirmarles que todo está en control, que están preparados y que juntos pueden enfrentarlo.

Si fuera necesario, apuntó González Torres, se pueden realizar métodos de relajación como meditación o técnicas de respiración para ayudar a bajar los niveles de ansiedad. “Una vez transcurrido el fenómeno natural, expresar los sentimientos que generó el evento como tal puede ser otro mecanismo para reducir la ansiedad. Expresar las emociones y compartir ese cúmulo de experiencias puede ayudarle a manejar esa sensación que siente”, indicó.

La Organización Panamericana de la Salud, en su Guía práctica de Salud Mental en Desastres, enumera los síntomas a los que hay que estar muy atentos en medio de la crisis para tomar acción y buscar ayuda:

1. Estrés agudo/cuadros: Predominantemente ansiosos. Nerviosismo, temblor, angustia, miedo, aflicción, revivir el momento traumático, intranquilidad, insomnio, trastornos del apetito, temor a la recidiva o réplica.

2. Cuadros depresivos: Tristeza, llanto frecuente, baja autoestima, pérdida del sentido de la vida, trastornos del sueño, insomnio, falta de apetito; pueden existir ideas suicidas.

3. Ideación o conducta suicida: Pocos deseos de vivir o ideas suicidas definidas, existencia de planes para consumar el suicidio, actos suicidas fallidos; frecuentemente coexisten manifestaciones de depresión.

4. Psicosis: Alucinaciones, ideas delirantes, conductas extrañas o evidentemente anormales que evidencian desconexión con la realidad; puede existir agitación y violencia.

5. Consumo indebido de sustancias psicoactivas: Inicio o aumento en el consumo de alcohol u otras drogas, como consecuencia del evento.

6. Epilepsia y cuadros orgánicos con manifestaciones confusionales o sin ellas: Convulsiones o cuadros de confusión mental/desorientación (no saber en dónde está momentáneamente, quién es, qué pasó, etc.) asociados a infecciones, intoxicaciones, traumas craneales, etc.

7. Trastornos emocionales y conductuales de la niñez: Enuresis, encopresis, aislamiento, miedo, hiperactividad, agresividad, cambios de conducta evidentes, trastornos del sueño o la alimentación, conductas regresivas y aparición de dificultades en el aprendizaje.

8. Manifestaciones emocionales no definidamente patológicas: Nerviosismo, tensión, tristeza, preocupación, aflicción, temores, pensamientos desordenados, síntomas somáticos, sentimientos de culpa, irritabilidad, recuerdos persistentes, frustración, problemas de sueño y alimentación, cambios en las formas habituales de conducta, ruptura conyugal, otros.

9. Conductas violentas: Agresiones, maltrato a miembros de la familia, ira, cólera, enojo, rabia; la conducta violenta puede darse en el seno de grupos delictivos.

10. Cuadros somáticos en que los factores emocionales juegan un papel etiopatogénico importante: Diabetes, hipertensión arterial, dermatitis, asma u otras enfermedades psicosomáticas.

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